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martes, 16 de agosto de 2011

Ciudad estelar


Los sueños se agotan en la ciudad cristalinamente opaca.
Hace mucho que las estrellas decidieron embarcar a un mejor lugar. 
De esos donde los deseos se cumplen.
Ciudades con encanto y olor a antiguo.
En una vida pasada solía vivir en una ciudad de esas.
Donde las calles se llenaban de mercaderes. 
Donde lo multicolor reinaba al horizonte.
Donde las estrellas brillaban tanto que te recordaban lo sutil de un segundo, la explosión de una flor, la sonrisa de un niño.
Los niños dejaron de sonreír.
Mi ciudad que tanto quiero se ha vuelto gris.
Al igual que los sueños.
Quiero encontrar la felicidad.
Miles de lágrimas mueren en mi rostro.
Leo historias tristes para recordar que no estoy sola.
Para recordarme que los sueños aun grises tienen el potencial de brillar.
Hoy estrellas que siguen creyendo en las ciudades perdidas.
Donde los niños duermen desnudos bajo un techo sin paredes.
Mirando estrellas a punto de morir.
Con sus ojos enormes la felicidad ha muerto.
Sonrío. 
Intento fallido.
Apagan la luz.
Una toalla carcomida cafe en el suelo.
Ojos bien abiertos.
La esperanza de sobrevivir.
La felicidad todavía no muere.
Sólo esta escondida en el lugar más remoto de nuestras pobres almas en desgracia.
O era gracia.
Recuerdos de historias de antaño.
Donde pensaba que leer era más seguro que dormir.
Donde dormir era más seguro que vivir.
Hasta que la pistola a punta a tus miedos.
Una luz artificial prendida.
A falta de estrellas fugaces.
No llores.
Tus lágrimas te necesitan para el fin del mundo del tus seres queridos.
Esos que te hacen sentir menos sola.
De esos que sufren sin darse cuenta.
Hoy...
Recuerdas la historia de los ratones parlantes.
Momento no lo leíste.
Lo viviste mientras se comían tus entrañas.
Confundir historias con vida.
Ese siempre ha sido tu problema.

lunes, 4 de abril de 2011

Dulce Infancia.




I.
Julia tiene once años, su madre se rehusa a comprarle cds si los cassetes salen más económicos. Julia baila mientras se da cuenta que nunca será bailarina profesional. Julia muere por tener un discman y también esta ansiosa por mudarse. Mientras tanto, no sabe lo que va a pasar a continuación, no se ha percatado que biológicamente ya no es una niña, su cuerpo traiciona sus pensamientos más fantasiosos y a su corazón lleno de ilusiones bombonescas.
Julia ama los vestidos la hacen sentir especial cuando da vueltas en el jardín de sus abuelos mientras las flores colorean su panorama. 
Julia odia usar playeritas de ropa interior, su madre le dice que es para se acostumbre. Los ojos de Julia son enormes y brillan con el sol, al menos hasta esa tarde.
II.
Demasiadas cosas por hacer, esta ciudad me esta matando, me asfixia lentamente. ¿Cuándo llegará el permiso? Maldita sea, odio sentir que soy una inútil.-Julia piensa en voz alta mientras las personas la miran, acto siguiente Julia saca su celular y simula que habla con alguien de verdad. Se quita los audífonos al ver que le llega un correo electrónico. Mientras, intenta llegar al café más cercano y pedir un té de frambuesa. Entre tanta actividad no se da cuenta que golpea a un joven mientras abre la puerta.
-Fuck!-susurra para sus adentros.-perdón, perdón, ¿estás bien?
-Si no hay problema.-un joven trajeado le sonríe, puede que tenga treinta o quizá menos.-Necesitas alguna ayuda.
-No gracias.
El joven omite estas últimas palabras y se dispone a ayudar a la joven chica de vestido violeta. Julia no sabe si sonrojarse o huir.
-En serio no tenias porque hacer eso.
-No hay problema, ademas tu cara me suena conocida.
Julia voltea ante estas palabras y casi tira su té recién salido. Otra quemada y sus manos serán inútiles por un largo tiempo.
III.
La pequeña Julia se asoma por la puerta principal de su casa, su madre le dice que tenga cuidado. Julia toca el timbre de la puerta de enfrente. Una puerta de madera rodeada de ladrillos. Ese día Julia se puso pantalones no porque quisiera sino por obligación. Después se dará cuenta de lo caro que es tener vestidos, en estos momentos Julia guarda su berrinche y decide que es mejor dejar la cosa así, antes de que no le permitan jugar con su vecina. 
Fernanda tiene 9 años y tiene el cabello más platinado que Julia haya visto jamás. Es igual de flaca que ella y miden casi lo mismo. Julia siente el derecho de enseñarle sobre la vida, de decirle los grandes secretos que le aguardan al ingresar a quinto de primaria. 
IV.
-Julia, ¿cierto?
-Aja.
-Claro, eras la vecina, la amiga de mi hermana. Tu casa la pintaron de rosa baño cuando se mudaron. Que horrible se veía.
-Si eso me dijeron.
-No te acuerdas de mi, ¿cierto? El hermano mayor...
V.
Julia odia recordar esa tarde, fue la última vez que vio a Fernanda sin más explicaciones. Julia claro que lo recordaba pero intentaba no hacerlo. 
Esa tarde su madre se había ido al super y los padres de Fernanda tampoco estaban. Sólo estaban ellas y los dos hermanos de Fernanda, uno un año mayor que Julia y el otro tendría unos 15 en ese entonces. Julia quería jugar a las muñecas y ellos querían jugar con muñecas de verdad. Y así paso, jugaron botella. Un juego absurdo donde a uno le toca decir un castigo y el otro ingenuo e inocente cumplirlo. Julia ese día traía mucha ropa, quizá por eso acepto, quizá quería sentirse grande, quizá sus ojos eran nuevos y no sabía más. 
Su casa era enorme bueno más bien su jardín lo era, al igual que ella tenían una alberca abandonada que se llenaba de agua de lluvia por los meses de mayo y junio. La alberca estaba vacía y parecía el lugar idóneo para jugar. Sin saber cuanto tiempo había pasado Fernanda ya se encontraba desnuda corriendo por toda la fosa. Julia nunca había visto a otra niña desnuda, mucho menos que sus hermanos mayores la contemplaran como si nada pasará.
-Ahora vas tú.-sonrieron los dos. Julia no quería, aun así se quito la playera. Abajo traía una playera de tirantes de algodón blanca con puntitos azules. Le quedaba grande.
-Ya te vimos, ya te vimos.-gritaron los dos. Julia se intento tapar su pequeño y frágil  cuerpo, cuando intento agarrar su playera ya no estaba. Uno de los dos chicos la había aventado hacia los arbustos que para Julia se le figuraban como unas tortugas enormes con colmillos.
VI.
-Si, si ya se quien eres. ¿Fernanda qué hace?
-Mi hermana estudia en la Universidad Americana.
-Yo estudie ahí, ¿qué estudia?-Julia no sabía que hacer, ¿cómo irse? o ¿cómo...
VII.
Julia quería regresar a casa pero no se lo permitieron. Los dos chicos le dijeron que la tarde apenas comenzaba. Que sus padres iban a llegar dentro de tres horas. Julia se hacía la fuerte. Pudo convencer a Fernanda de que se vistiera. Entraron a la casa y fue ahí donde Julia descubrió que los príncipes no existían y que las ranas eran mejores criaturas que lo estaba a lado de ella. Julia gritaba y se dio cuenta de que nada iba a servir. Estaba ahí y si no cooperaba las cosas iban a salir peor. 
Algo anda mal.- pensaba Julia mientras reía nerviosamente.-Muy mal.
El hermano mayor la toma desprevenida, la carga y Julia por temor a caerse le abraza el cuello. Nunca le habían permitido entrar al cuarto de los niños, ni siquiera cuando visitaba a sus primos. Ahora ella esta ahí, abajo de una cama que olía a una pubertad lejana...
Julia cierra los ojos.
VIII.
El aire se hace espeso o quizá ella se hace muy ligera, toca el techo de su cuarto y da una maroma. Todo es más brillante, su vestido se llena de aire, que bueno que trae fondo piensa. Empieza nadar mientras el aire se comporta como una agua ligera que llena sus pulmones de una alegría extranjera. 
Intenta penetrar al espejo, la llama sutilmente. Esa sensación donde los absurdos se vuelven la regla y la magia penetra por los poros más sutiles llenandote de una energía luminosa, de esas donde no necesitas los ojos para ver.
IX.
Suena el timbre. Julia es aventada al suelo y despierta sabiendo que jamas podrá volver a volar de nuevo. No recordará bien que sucedió y cuando a ve a su mamá en al puerta corre olvidando los ladrillos naranjosos, el pelo cristalino de Fernanda, la recamara azul marino. Se despide de todo y su madre le prepara le mejor cena de su vida hasta ese momento.
X.
-¿Julia estas bien?
Claro que estaba bien, estaba demasiado bien por primera vez en su vida sabía que era libre y que nadie podría juzgarla. Julia sonríe mientras el suelo se llena de un bello carmesí. Nada precipitado. Todo muy sutil. Julia camina lentamente mientras recupera una esencia perdida en un cuarto marino.
XI.
La pequeña y agraciada Julia llega a su cuarto y se desnuda lentamente. Mira hacia el espejo.
-Ya nunca podré volar.
Inmóvil ve en el espejo como sus ojos se empiezan a fracturar. Lentamente... La primera vez que sus ojos cortan su piel. Donde miles de cristales se esparcen por el alrededor. Su cara empapada se va curtiendo. Su cuerpo tiene un peso demás.
XII.
El joven se queda inmóvil viendola como se va, pareciera que volará.
Efectivamente Julia vuela de la manera más sutil. 

sábado, 28 de agosto de 2010

Capitulo 11. El caso de la niña que se encontró con una hada

Me acuerdo de antes, cuando te esperaba en una silla.
Todavía no llegas.
No importa, el alba todavía no llega y yo ya no estoy en esa silla.
Verás, la intercambie por unas cuentas sonrisas. 
De esas que te hacen recordar un pasado imaginario que se siente como ayer. Como si tuvieras sólo dos horas de vida en este planeta y hace unos segundos no te esperaba en una silla porque no sabía de tu existencia.
Después de unos días de largas pláticas con la luna, me di cuenta que me había olvidado del gigante que se dormía en mi jardín y el oso que andaba en monociclo. También me había olvidado porque soy tan afín de las hadas. 
Te contaré mi historia invisible, te contare la historia de una niña que por andar de curiosa se obsesiono de las sillas, de los hongos y del futuro inexistente.
Nací hace tres días o quizá hace 1830, no lo recuerdo muy bien. Son datos innecesarios, de esos que me hacen sentir que vivo en un archivero. No me gusta y no importa porque en todos modos me iré a viajar a las grandes montañas del sur. Donde viven los dragones y rescatas a otros niños, que te llevan esperando en altas torres. Si, en poco tiempo hablaré como las sirenas y cantaré como los duendes, mi madre esta enferma no se dará cuenta. 
Si no fuera por ese lugar gris que me suelen llevar todos días a aprender como ser de una manera impecable un archivo, me la viviría en las faldas de la montaña donde el agua brilla cuando la luna esta contenta. 
Eso sonaba perfecto, para una pequeña niña que no conocía las consecuencias de casi ninguno de sus actos.
El otro día estaba platicando con mi amiga la rana y decía que estaba esperando a una chica de sangre azul. Yo le dije que mi sangre era morada, como las violetas, ¿qué si había una diferencia?
-¿Cómo te atreves a preguntarme eso?
La rana ya no volvió y de ese día ya no he vuelto hacer amigas rana. Fue ahí donde me encontré con una linda cascada, quise asomarme para ver que había adentro, pero no pude. No podía pasar, en eso una voz dulce me llamó.
-El que cruza por ahí no regresa. Encuentra un mundo sin igual.
Un ser delicado con enormes alas, me estaba hablando.
-¿Qué tengo que hacer para entrar?
-Lo de siempre, lo que todo mundo quiere.
-Y, eso sería...
-Parte de tu corazón, diría un corazón completo pero para ser honestas sólo se necesita una parte.
-¿Cuál?
-Eso no te lo puedo decir, sería contra las reglas.
Para una niña que no conoce el dolor y le maravilla el color de sangre, dar una parte a cambio de un mundo sin espacios grises y archiveros, le parecía un muy buen trato.
-Entonces qué dices mi pequeña.
-Volvería a ver a mi madre
-Si
-Volvería a ver a mis amigos
-Depende de ti
-Podrías darme tus alas.
-Por supuesto.
Se arrancó una parte de ella, sutilmente, con paciencia. Su corazón era muy grande, muy fuerte, limpio y puro. Tenía sólo 1845 días de existencia, no había parches, ni agujas, ni remates. Nada... 
Ni fue tan difícil. De repente sentí un peso en mi espalda, tenía una hermosas alas. En eso voltee hacia atrás.
-Cuidarás de él.
-Siempre.
-Lo prometes.
-Si.
Vi como lo guardaba con mucho cuidado. 
Ahora tengo 3833 días, estoy en busca de algún intercambio. Las alas me pesan. En este mundo nadie es tan ingenuo. Conocí las lágrimas,  la soledad, el temor, la frialdad. Nadie quiere mis alas.
En este mundo lo mágico te convierte en monstruo.
La niña lloro hasta que se le rompieron los ojos, luego escondió sus alas y se le olvidaron las montañas del sur. La niña dejo de ser niña, como la mayoría de los seres que cohabitan en ese planeta. Entonces fue cuando la niña se cansó de trotar por el mundo y decidió esperar en una silla frente al mar. A que llegarás tú, porque eso era lo único que recordaba de su infancia, que alguien siempre espera y otro alguien llega y luego miles de cosas increíbles pasan. Pero, hubo ciertos problemas en el proceso y hasta el momento sigue teniendo que esconder parte de sus alas. 
Tengo un corazón parchado y unas alas destrozadas.
Te sigo esperando.
Sin tener la belleza de una hada.
Sin poder ofrecerte nada a cambio.
Más que un poco de locura y cuentos de antaño.
Ya no hay sillas.
Tengo una lista en la palma de mi mano.
Para recordarme, que tú no eres
números imaginarios
ni fractales silvestres
ni piratas astrales
ni frutas explosivas
ni fantasías bidimensionales
La niña que se topo con la hada de la cascada, no te estaba esperando. En algún punto tenía que rescatarte de la bruja malita del sur. Tú ya tendrías alrededor de unos 6,583 días. Juntos habrían de huir a las montañas sutiles del oeste. Pero nada de eso ocurrió y en algún punto me confundí y te esperaba en una silla. En otro punto, hice intercambios que me hicieron ver más allá de la cascada. Crecí y se me rompieron los ojos.
Ahora ya no puedo volar. 
Ahora se que no te puedo esperar, ni buscar.
-Un día nos volveremos a encontrar, me perdonarás y moriremos juntos.- el hada aun sin alas pudo volar.

domingo, 1 de agosto de 2010

CAPÍTULO XVI. El extraordinario caso de Emma

Emma tenía casi treinta o quizá unos años más. Vivía sola en un pequeño departamento cerca del centro. Un lugar tranquilo donde nadie le decía que tenía que hacer, ni siquiera tenía algún animal que le reclamará su ausencia los fines de semana. Todo era acorde al plan y hace mucho dejo de sentir esa angustia de no tener que llamar a alguien todas las noches. Una vez al mes su madre le llamaba, a las once en un punto de la mañana de primer sábado de cada mes. No importaba que Emma hubiera salido o no esa noche, su madre le diría que regresará al camino correcto y se consiguiera un buen marido. El padre de Emma se había ido a viajar por el mundo, mucho antes que Emma acabará la universidad.
Emma no le daba importancia a nada e iba fluyendo con las personas que tenia a su alrededor, su mejor amiga vivía en estos momentos en Europa y sólo se hablaban por vías electrónicas. La gente del trabajo la hacía reír, sus amigos de la prepa hacían reuniones de todo esos sueños fallidos y se criticaban unos a otros hasta que el alcohol hiciera que perdieran el valor por una noche y se acostarán con el mejor postor. 
Emma sólo observaba, era la única que si tenía a nivel profesional lo que quería. Se reía de si misma cuando recordaba aquellas historias de princesas, le hubiera gustado ser sirena. 
Frecuentaba más a los de la facultad, todos los jueves de semana de quincena se juntaban. A veces se confundía, no estaba acostumbraba a medir la vida por quincenas. Cuando salía de viaje o algún otro no podía se veían la siguiente semana. Ya no tomaban como antes, dos de ellos ya estaban casados y una de ellas ya esperaba un niña. Emma estuvo apunto de casarse, al menos eso pensaban todos, sin embargo era sólo un rumor de esos que se evitan. La diversión empezaba después de unas cuantas chelas, mojitos, mezcales y tequilas. A Emma le encantaban los martinis, pero no con ellos. Los martinis eran para los fines de semana, para conocer chicos de una sola noche. Aun cuando Emma siempre tenía la ilusión de formalizar algo, no se lo decía a nadie.
Hasta aquí sabemos mas o menos quien es Emma, sólo falta decir que tiene un hermano más chico que se dedica a administrar las cuentas de Emma. Adora a su hermano y haría cualquier cosa por verlo feliz. Es al único que le permitiría por cierto tiempo vivir con ella. Santiago, su hermano, lo sabía pero nunca abusaba de la situación. 
Emma podría ser cualquier chica ordinaria, no tiene nada en particular y esta historia podría acabarse en este preciso instante. No habrá cambiado en nada su manera de ver la vida y probablemente no se acuerde de Emma, no. Aunque por el otro lado Emma tiene unos lindos ojos verdes, que entonan bien con su blanca tez y todas esas pecas que la hacen ver particularmente tierna cuando sonríe a luz del mediodía. Tiene un labios anaranjados rojizos, siempre bien humectados, un cuerpo finito de esos que dejan entrever una formación de danza clásica y un estilo de vestimenta muy particular, diferente a sus contemporáneas. Emma destacaba en cualquier cuarto y aun así se podía detectar una mirada triste, siempre y cuando no sólo te fijaras en un sus bonitas piernas torneadas y su cintura de quinceañera. Emma de día era la chica perfecta, recibía una cantidad muy alta de halagos y de invitaciones. Las cuales las recibía de la manera más cortes y amable posible. 
Sin embargo de noche, Emma se transformaba. Cuando estaba sola en casa, se quedaba desnuda en medio de su cama. Se abraza fuertemente, mientras su cabello le cubría su delgado cuerpo. De todos los poros de su piel, se le empezaba salir el cuerpo interno. Hasta que quedaba completamente bañada en rojo escarlata, todo paraba. En frente de ella se encontraba un espejo, cuando se sentía con las suficientes fuerzas para levantar su cabeza, se miraba fijamente esa mirada vacía, donde le dolía llorar. Añoraba el día de poder llorar lágrimas verdaderas, de esas de cristal, de esas que sólo te rompen el alma. 
Emma quería encontrar la manera de que sus poros no se abrieran tanto con la luz de la luna, que se mantuvieran normales, como el resto. Sabía que la respuesta no era fácil de encontrar y aquel ser que le propuso este pacto, no lo volvería a encontrar. 
Después de un rato, se metía a bañar, cuando sentía que el agua no la iba ahogar. Lentamente se limpiaba toda, que no quedará ningún resto de sangre. Metía las sabanas a la lavadora. Volvía hacer la cama y hacia todo lo posible para no soñar.
Esta noche si soñó.
Emma tenía cinco años y jugaba en el jardín de los abuelos. Un hermoso jardín lleno de flores de colores. Para Emma estas flores eran enormes, al igual que los insectos y ni si diga de los árboles. Para estos momentos Emma no tenía con quien jugar, era la primera nieta, entonces jugaba con Lance un diminuto perro, inclusive para ella. Tenían enormes aventuras, viajaban por el tiempo, encontraban tesoros, construían fortalezas, besaban príncipes convertidos monstruos. Emma y Lance eran inseparables y cada vez que Emma tenía que regresar a casa lloraba amargamente.
Como era de suponerse un día Lance no apareció. Al menos eso le dijeron sus padres, Emma no tenía manera de expresar lo que sentía, no entendía, fue ese día donde Emma conoció a Tomás.  Emma en su desesperación de encontrar a Lance, se perdió en el laberinto de ese enorme jardín. Estaba oscureciendo y miro a las estrellas. En alguna historia había escuchado que si pasaba un cometa podía pedir un deseo. Con sus ojos llenos de lágrimas, creyó ver uno y pidió que Lance volviera. El efecto secundario de eso, fue la aparición de Tomás.
-Hola pequeña, ¿porqué lloras?
-No encuentro a Lance
-Es un amiguito tuyo.- a Tomás cuando quería dejaba su lado del me vale todo.
-Si.- la voz le temblaba.
-¿Cómo es, quizá lo haya visto por algún lado?
-Es pequeño, tiene el pelo suave, cafe con manchitas negras. 
Tomas puso cara de espanto, el amigo de esta pequeña era muy parecido al perro que había visto como un imbécil lo atropellaba ayer por al noche. Aunque las probabilidades de que era fuera el mismo perro eran inciertas, algo le decía que si era el mismo. Tomás recordaba muy bien, las últimas palabras de Paula. No te metas en problemas y no interfieras. Pero esa pequeña niña, le daba mucha ternura y tristeza. 
-Puedo hacer que regresé.
-Es en serio.- una ligera sonrisa salía del pequeño y frágil rostro Emma. 
-Así lo es, sólo necesito que metas tu pequeño dedo en este aparato y pienses muy bien como era él.
Emma así lo hizo, y ni Tomás, estaba totalmente seguro de las consecuencias. Los efectos secundarios no venían en el manual.
En eso se escucharon unos ladridos, había funcionado. Emma sonreía.
-Antes de irte ¿Cuál es tu nombre?
-Tomás
-Yo soy Emma, nunca te olvidaré.
Emma volvió con sus padres, Lance se veía un tanto diferente pero ahí estaba con ella, moviendo la cola como siempre. Sus padres no entendían de donde había surgido este nuevo perro. Pero, nunca la desmintieron.
Emma se fue a dormir.
Cuando despertó tenía quince años, estaba en su cuarto, su pequeño hermano lloraba. Emma veía su dedo pulgar, ligeramente salía un poco de sangre. Cuando ponía el dedo encima de su otra mano, para que parara el sangrado, ahora también de su mano salía sangre. Hace mucho que no le pasaba eso, como cualquier chica de quince años se sentía sola. Unas pocas antes había probado unos sobos de cerveza. Nada extraordinario, sin embargo el chico que le gustaba estaba con otra. Agarró una aguja y dijo que más da, que se salga toda la sangre de mi cuerpo. Empezó abrir los poros de su piel, lentamente y con ayuda de su dedo pulgar, no había manera de cerrarlos. 
Fue la primera vez...
Dolía de una manera sutil...
Sentía que su alma se limpiaba.
Lance lamia cada parte de su cuerpo.
Emma despierta, mira su dedo pulgar, un poro seguía un poco más abierto que los demás. Se asoma por la ventana, su cuerpo desnudo bajo el claro de la luna. Una estrella brilla.
-Tomás.

viernes, 30 de julio de 2010

El niño de la calle Paraíso


El niño de la calle Paraíso, era el único niño de esa calle. Tenía 10 años e iba a la escuela del barrio. Tenía la cantidad correcta de amigos, no hablaba mucho pero, decía lo que tenía que decir. No le gustaban las matemáticas y jugaba todas las tardes con su perro. Un enorme gigante de los Pirineos. Vivía con su abuela y tenía una foto de sus padres y todas las noches le pedía a su abuela, la historia de como murieron sus papás. Ella se rehusaba y sólo decía que fue sólo un accidente automovilístico. Nunca quedaba satisfecho ante aquella respuesta. Pensaba que seguro fue en una aventura en Africa o unos tiburones en Australia o se encontraban en una misión secreta del estado. Quizá unas pistolas o una misión intergaláctica. Sus padres no pudieron haber muerto en un simple accidente, de esos que salen en las noticias. De esos que se olvidan a los cinco minutos. Un día todo se aclaro, vio la foto de sus padres, se asomo al jardín. Corría la sangre coloreando el pasto en rojo carmesí. La mirada de su perro vacía. Ya no estaba con él. Sólo quedaba la envoltura de un cuerpo, lo demás había sido convertido en una especie de gelatina. No salió ni una lágrima Agarro las tijeras de estuche escolar y se las clavo en el estomago. Sólo lo suficiente, sólo el grosor de la piel. Se fue cortando, mientras sus entrañas salían sin control. No era lo que imaginaba, ni emocionante, ni sorprendente. Sólo piel y sangre. Una lágrima cae en la foto. La abuela hubiera deseado contarle aquella historia. Pero, era el destino. Sí, era cuestión de tiempo. Sólo cuestión de tiempo.



Esta historia es la razón de la anterior, aunque debo de dejar que mis personajes 
vivan más. La escribí para un taller de narración hace tiempo.

miércoles, 28 de julio de 2010

Capítulo V. El caso del pequeño Tomás.

Capítulo V. El caso del pequeño Tomás. 
El pequeño Tomás todas las noches miraba las estrellas, las miraba atentamente y estaba seguro que cada una le daba la posibilidad de ser alguien diferente. Estaba consciente que si las tocaba todas a la vez se quemaría y en pocos segundos se desvanecería. Eran cuestiones de lógica, sentido común pues, pensaba el pequeño Tomás.
Cada estrella tiene un tamaño diferente, un brillo único, un color incandescente y un aroma sin igual. Por lo que una estrella lo podría convertir en una gran samurai mientras otra en un caza recompensas. Toso era posible y todavía no descifraba las características de cada una, cuando lo hiciera diseñaría un artefacto atrapa estrellas. Por lo mismo cada noche dibujaba el manto estelar y configuraba mecanismos de defensa. Él era quien iba elegir su destino, no la estrella. Así tenía que ser y si se aburría tendría que saber que otra estrella atrapar. 
Se imaginaba a veces siendo filosofo,  su tía siempre le contaba sobre Jean Paul Sartre y Proust o quizá un rockstar como Cobain o Morrison, definitivamente no quería llegar a la edad de su bisabuelo. Eso si nunca se imaginaba de contador como su padre o de arquitecto como su primo o de político como su abuelo. No nada de eso, porque eso no salía en las caricaturas, los comics o los videojuegos, ni siquiera los libros de aventuras fantásticas que su madre solía leerla en las noches cuando era todavía más pequeño. 
Por lo que el pequeño Tomás estaba convencido de que iba a tener una historia sin igual, como nunca nadie en la historia de humanidad la haya vivido. Era un poco ingenuo nuestro pequeño Tomás, pero lo único que no había contemplado quizá hiciera que su futuro se hiciera realidad.
El pequeño Tomás no había contemplado a una estrella un poco más pequeña de lo usual con un brillo acaramelado con un detonante olor a avellana. Esa estrella que Tomás no se había tomado la molestia de observar mucho menos de dibujarla en su gran manto estelar, podría cambiar su vida de una manera aterradora y magnífica a la vez. Sin embargo, esa posibilidad no entraba en la lógica y dinamismo de la ciencia del pequeño Tomás. El mundo era simple en aquel entonces, muy simple de entender.
Como era de suponerse todos planes no se hicieron realidad, todas esas ideas sobre estrellas míticas, se quedaron eso en mitos de la infancia, abandonados en el cajón de todas esas cosas que no queremos tirar pero tampoco queremos sacar a relucir. Tomás dejó de pensar en universos alternos y mantos estelares, dejo de ser pequeño para convertirse en el típico joven citadino. Que no sabe que estudiar y que esta harto de las replicas de sus padres, los constantes gritos que entre tanto embrollo cerebral ya ni se acuerda que tanto le reclaman. Aun sabiendo que debería de hacer algo de su vida, prefería sus habituales actividades hacer ruido, dormir y tener sexo.
En su cuarto se llegaba a vislumbrar lo poco de esos sueños fallido, una colección decente de sables en la pared, en la esquina un bajo y una guitarra compradas a medio uso, con un poco de valor sentimental nunca mencionado. Usadas para los toquines de los jueves y si se daba la ocasión para fines de semanas extraordinarios. Extraordinarios por no decir ocasionales, los 15 minutos donde sin recordarlo, medio que había logrado atrapar aquella estrella azul con olor clandestino. 
En el escritorio se encontraba la mora olvidada de hace 15 días. Según lo había dejado, no precisamente por salud, ni mucho menos por los regaños constantes de su madre. No, simplemente ya no lo hacían sentir esa sensación orgasmica en sus encuentros con chicas casuales. 
Y hablando de chicas, Tomas las tenías amontonadas en un rincón con miles de poemas sin nombre. Le daba igual, chicas bobas, chicas de rato. Ni una se podía comparar con la que se fue, ni una como aquella que le hizo sentir como un idiota y por lo mismo nunca lo admitiría. No a cualquiera, nunca a cualquiera. Admitir toda esa ingenuidad, admitir que todavía sentía el hueco del pedazo carnal que nunca supo si realmente ella se lo había robado o en un trance de locura él se lo había arrancado y se lo había regalado. Esas cosas, que se sienten peor que después de salir un trance de hongos. Siempre tendría esa duda, más cuando ella sin avisar se fue. 
Nadie abandonaba a Tomás.
Pero ella lo hizo, nunca supo si fue por otro. Ella se fue por otra estrella más brillante, que le ofrecía alcanzar sus sueños carmesi, de manera más satisfactoria. Para ella Tomás era alguien efímero, un accidente, un poema más abandonado en el departamento de un país lejano. Ella se fue a otro universo, dejando un estela de esperanza que sólo Tomás veía, claro esta. 
Tomás dejaría esta historia para su diario enterrado en el cajón más profundo de su mente, y si alguien le preguntaba. Negaría todo. Aun así, él sabía en parte que le faltaba valor para recuperar lo que alguna vez fue suyo y en otra que ella nunca lo aceptaría. Ocasionalmente confesaría lo estúpido que fue en cierto tiempo de su vida, sin decir exactamente que lo hizo estúpido.
Tomás se dio a la idea de que no estaba para tales cursilerías de niño de secundaria. Para estos momentos sólo buscaba una cara linda y un cuerpo decente, mucho mejor si ella no ponía complicaciones. Si eran dos a la vez mucho mejor. Eso si que  nunca pasará más allá de una noche. Esa era la regla más importante, él no quería que nadie más llenará ese hueco y mucho menos perder otro más.
De ahí en fuera sabía que su vida rockstar había fracasado. Pero, tenía otro plan. Un plan fuera de la burocracia familiar.
Aquí ya no sabremos cual era el plan de Tomás, porque pues...bueno, no debió de ser muy importante después de lo ocurrido la noche anterior del día de su cumpleaños. Esa noche, Tomás andaba un poco un tanto alcoholizado , nada fuera de lo común. Quizá la extraño fue la falta de compañía, de chica que le hiciera algún tipo de trabajo. Un poco consternad volvió a mirar por la ventana, como cuando era conocido como el pequeño Tomás. Y como no acordarse, cuando una luz muy brillante se acercó a él. Su cuerpo se inmovilizo. Tomás había muerto por unos instantes y una parte muy oscura de él lo había hecho. Tomás se daría cuenta de esto muchos años después.
En unos segundos que se sintieron como años, Tomás recuperó todos sus sentidos. Una chica delgada, muy finita, con uniforme inglés y lentes enormes que cubrían sus tiernos ojos lo miraba fijamente con aparatejo, que le recordaba a una película de ciencia ficción combinada con JulioVerne.
-Hola soy Paula. Me podrías informar en dónde estoy, no me gustaría estar extraviada.- Tomás no entendía lo que estaba pasando.
-¿Hola? Hablas español, ¿cierto?. Tomas asintió con la cabeza. Paula se acerco y le limpio la mejilla.
-No te voy a comer, no es mi estilo.-dijo riendo.
-¿Cómo llegaste aquí?¿Conoces a mis padres?
-Ja que tierno no, simplemente corte el universo, ¿ves?- dijo señalando el aparato bizarro.
-Aja.-Tomas buscaba algo, que lo hiciera pensar que estaba en ácidos. Pero, no había nada para comprobarselo. Intento acercarse más a Paula, pero ella se alejo.
-Es extraño, cuando estaba pequeña escuchaba la voz de un niño llamado Tomás. Pero, no se porque me lo imaginaba muy diferente a ti, sin ofender. Bueno en mi mundo no se usan esos trapos de ropa, insisto sin ofender. Ni tampoco huelen como tu, quizá sólo el whisky. Pero es lo único que distingo.- Tomás no decía nada.- Ya se que piensas que no existo. Pero, pasa eso sólo hay una manera de probarlo.
Paula sacó de su mochila, cosa que Tomás no se había percatado de ello, una carta y una foto y se las dio.
“Y si eres real, ¿qué voy hacer contigo?”- pensaba Tomás.
No te preocupes puedo volver a casa.
Momento... yo no hable, como es que tú???
Vamos no se supone que eras el chico que quería ser aventurero, samurai o caza recompensas.
“¿Cómo demonios ella sabía eso? Aunque ahora ya empiezo a dudar que tan seguro es pensar delante de ella”.
Yo tampoco soy una niña no tienes nada que perder.
Paula le dio la mano, para que se levantará. Así fue como Tomás conoció a Paula. Paula ya efectivamente tenía más de 20, había dejado de tener pesadillas y su cuarto ya no amanecía con ni una sola gota de sangre rastreable. Paula al igual que Tomás, se había dedicado a olvidarse de cursilerías y sólo quería vivir todo lo el mundo le ofrecía. A diferencia de Tomás, Paula no aprendió la lección hasta que se quedo casi sin nada y había perdido mucho más que sólo un pedazo de carne. Fue ahí cuando se escapó de casa, estaba harta de la vida política de su padre y conoció a un oráculo que le recordó aquel chico Tomás. Después de muchos intentos logró cortar el universos y después de muchos mundos encontró a Tomás. No tenía la remota idea de como volver, pero sólo lo consideraba como un pequeño percance.
Tomás le agradó, tenía un aire a problemas que se resolvería rápido con el empujón adecuado. Podían empezar esa vida que Tomás había olvidado. Unos papeles de admisión a la facultad podían ser desechables fácilmente. Tomás para estos momentos ya estaba dormido y Paula no diría más acerca de lo que realmente tendría que hacer con él.
Paula vio un papel en el suelo... Que más daba... Mejor para otra ocasión. Sí, mejor para otra ocasión.